Saber ganar, saber perder

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El deporte lo practican humanos. Fracasan y triunfan seres humanos. Se superan o se hunden personas. Y, si es cierto que el deporte nos hace mejores, también es verdad que algunas actitudes de algunos deportistas nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de advertir a nuestros hijos de las consecuencias del éxito y del valor del fracaso.

Un tema por el que últimamente me encuentro bastante interesado son las bondades y beneficios de la educación física y el deporte general en niñas y niños. Esos escolares viven influenciados por deportistas de élite y no son pocos los padres y madres que también intentan que sus hijos sean estrellas deportivas. Sin lugar a dudas, les mueve la mejor de las intenciones. No se me ocurre mejor deseo para un hijo que ser un gran deportista. Y tampoco se me ocurre peor método que el de la obsesión de algunos -pocos- padres que causan un daño irreversible a sus hijos cuando les ponen unos objetivos tan ambiciosos como frívolos.

No hace mucho leí un tweet en el que, tras la herida en la cara de un conocido deportista que juega en un equipo de nuestro país, se decía “Ronaldo estará de baja dos semanas en Instagram». Importaba más la imagen del deportista que su rendimiento en el campo. Y es el ejemplo de lo que quiero contaros.

Valores de la educación física

Los valores intrínsecos a la educación física son siempre positivos. Forman parte de esos “lugares comunes” en los que todos estamos de acuerdo. El bien es siempre difusivo. Y en el deporte se trasmite una verdad, un esfuerzo, una capacidad de sacrificio, un instinto de superación… que es tan atrayente como cualquier virtud o valor. En el deporte hay algo bueno y bello. Y nadie lo puede esconder.

El deporte lo practican humanos. Fracasan y triunfan seres humanos. Se superan o se hunden personas. Y, si es cierto que el deporte nos hace mejores, también es verdad que algunas actitudes de algunos deportistas nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de advertir a nuestros hijos de las consecuencias del éxito y del valor del fracaso. De la importancia de descubrir la satisfacción de una correcta educación física y el riesgo de confundir fines con medios: qué buscamos para ellos en la práctica deportiva, qué riesgos se asumen y qué expectativas creamos.

Estamos influenciados

Todos estamos influenciados. Nadie puede esconderse de la enorme nube que nos rodea y nos envuelve.  Se nos bombardea con estímulos atractivos. Es difícil ignorarlos por completo. La evidencia nos muestra que el hedonismo se cuela por los entresijos de nuestras vidas y, al final, no podemos obviar que nuestros hijos están expuestos a esos mismos peligros. Esa influencia no es necesariamente mala. Me gusta decir siempre que es un reto. Un horizonte se abre ante nosotros que puede llenarse de luz si estamos dispuestos a asumir nuestra responsabilidad como educadores. Esa influencia tan incisiva no puede hacernos olvidar que tenemos una capacidad enorme de ser libres.  Y enseñar a nuestros hijos la decisiva importancia de ser libres. Saber ser libres. Que no es poca ciencia. Capaces de asumir todos los retos de una sociedad.

Su mejor ejemplo

En mi juventud, durante los años 80 y 90, existían esos deportistas que idealizábamos y que, en muchas ocasiones, eran ejemplos de trabajo, esfuerzo y lucha constante. Esa influencia fue decisiva para adoptar determinadas actitudes para la práctica deportiva. Ahora estos ídolos deportivos no pueden ponerse de ejemplo para un estilo de vida. Debemos concebir la educación a 360º. Y ahí, nuestras hijas e hijos siguen las cuentas personales de celebrities, accediendo a aspectos íntimos de sus vidas… los estamos exponiendo a un abismo.  

No están en esas redes sociales el futuro que esperamos para quienes tanto queremos. Y somos conscientes de lo difícil que es hacerles diferenciar la felicidad de los espejismos. Pero una vez más tenemos la herramienta de la libertad. Si la entendemos como “hacer lo que tengo que hacer porque me da la gana” y la importancia de saber que todas nuestras acciones tienen una repercusión. De poco servirá explicar a nuestros hijos cómo deben limitar el uso de redes sociales si nosotros no somos capaces de controlarnos. El mejor predicador sigue siendo fray ejemplo. Y ese reto sí podemos asumirlo aunque no veamos los resultados inmediatamente.

Expectativas – realidad = Felicidad

Hemos de ser conscientes del mundo en que vivimos. Un mundo en constante movimiento. Un mundo donde manda el imperio de lo urgente sobre lo importante. Vivimos en un mundo que ha evolucionado tendiendo hacia la dictadura del “yo”. Toda realidad gira en torno al propio sujeto. Esa situación se llama egoísmo y se nos trasmite por ósmosis.  Y es ese egoísmo el que nos hace proyectar nuestras expectativas, anhelos e ilusiones sobre nuestros hijos.

Podemos mirar con sinceridad nuestras intenciones y ver qué parte de deseo se reparte entre nosotros mismos y qué parte del posible éxito corresponde a nuestros hijos. No me refiero al orgullo bueno de verles triunfar y de saber que nuestro esfuerzo ha valido la pena. Eso es legítimo. Lo que me parece menos educador es poner ahí el fin. No. No nos engañemos. El fin está en su felicidad, no en su éxito. En esta vida sólo triunfa el amor. El resto son pompas de jabón cada día más caras.

Queremos que lleguen a ser lo que nosotros no hemos sido, respondiendo a eso que nuestra “cosificada” sociedad nos hace entender como triunfadores. Ellos no merecen ser depositarios de nuestras frustraciones y sí saberse queridos siempre y en todas las circunstancias.

Como resultado tenemos a padres frustrados, hijos frustrados y familias frustradas porque no han conseguido llegar a los estándares que el mundo que nos rodea estima convenientes. Han perdido su libertad interior y las han entregado a unos estándares que nadie sabe quién controla. Llegados a este punto no debe cundir el pánico. Debes recordar la sencilla formula que te indico y que hará que tu hija/o sea una niña/o feliz:

e – r = F

Expectativas (que los padres ponemos sobre ellos) menos asunción de la Realidad es igual a la Felicidad de tus hijos. Así de simple.

Educar con el corazón

Para llevar a cabo esta fórmula te recomiendo que no les trasmitas superficialidad. Olvidemos el “postureo” que se cuela en nuestras vidas y nos hace echarle una foto al steak tartar que nos acabamos de pedir en cuanto lo sirven en la mesa. Disfrutemos de una comida en familia. Demos valor a las cosas por lo que nos aportan y no por la percepción de los demás. De lo contrario, tus hijos entenderán que es más importante esa foto en Instagram que comer con ellos un domingo. Y hablar cara a cara. De corazón a corazón.

En conclusión, debemos mantener la lucha por el sentido común que, como bien han dicho ilustres escritores a lo largo de los siglos, suele ser el menos común de los sentidos, para ayudar a nuestras hijas e hijos a ser protagonistas de su propia historia. Que forjen su propio destino transmitiéndoles que han de ser fuertes para obtener la capacidad de pensar y decidir por ellos mismos, dándose cuenta de que solo así serán libres. Esa libertad sin la cual es imposible amar. Tampoco al deporte.

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