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Pedagogía de alto rendimiento en competencias y valores para la vida

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La “nueva” sobriedad

El ejemplo de la templanza y la mesura para nuestros hijos

Por Diana Pérez Camarasa, Responsable de Comunicación y Desarrollo de los colegios Attendis en Huelva y Sevilla. 

Una “nueva” sobriedad. Que no es nueva, pero que adquiere tintes y aires frescos después del confinamiento vivido y en medio de una pandemia que todavía está lejos de haberse ido. 

Una nueva normalidad, como así la llaman, y en medio de rebrotes por casos importados, y también por comportamientos incívicos de jóvenes y menos jóvenes. Se impone la necesidad de la mesura, del equilibrio, de la templanza, de la sobriedad, en definitiva.

Nos han hecho falta más de 80 días en casa (perdí la cuenta hace tiempo), para darnos cuenta de que tampoco necesitamos tanto. Ni tantas cremas, ni tantas cosas superfluas en la lista de la compra. Ni tanta ropa. Ni tantos juguetes. Con unos pantalones cómodos y camiseta hemos tirado en el confinamiento. Sin maquillaje, sin excesos. Y hemos sido felices, a pesar de las circunstancias. 

Ha sido un tiempo que nos ha brindado a todos la oportunidad de reflexionar.

Un ejemplo para nuestros hijos

Todo lo que nosotros hemos vivido durante este tiempo ha sido un ejemplo para nuestros hijos. Sin ni siquiera darnos cuenta. Que no hace falta tener las mega galletas con núcleo de chocolate recubierto de vainilla, o que esa super casa de muñecas en realidad no la necesitan nuestros hijos. 

Han sido muchos días en casa. Y días de hacer “limpia”. Hemos tenido más tiempo para observar y analizar nuestro interior. Pero también el interior de nuestro armario, de nuestro trastero, de nuestra casa, del baúl de juguetes de nuestros hijos. Hemos contado hasta treinta peluches, 40 camisetas, 20 vestidos. Y hemos llegado a la conclusión de que tenemos más de lo que necesitamos. Y entonces nos hemos puesto a tirar, a donar, a reutilizar. Desde el pueblo más recóndito de España hasta los influencers que ya no saben dónde meter en su casa una prensa más de ropa. Y que al final no llegan a ser felices porque están invadidos de cosas, que les hacen perder de vista el horizonte, porque está tapado por tanto chisme. 

Nuestros hijos son espectadores 24 horas y siempre lo han sido. Pero más en este tiempo de confinamiento, pues hemos estado esas 24 horas juntos y nuestras acciones y ejemplo ha sido aún más latente y patente. 

Ahora que comienza un verano “diferente”  puede ser un buen momento para vivir esta virtud, que por las circunstancias, ha tomado un cariz distinto. 

Ellos no sabrán lo que es la templanza. Pero la verán hecha vida en sus padres

Sin perder la cabeza

No se trata de comprar y comprar para vaciar el armario anterior. Se trata de pararnos ante nuestro armario y pensar si necesitamos todo eso. Si tengo que comprar eso que es una ganga, que no necesito, pero que me hace sentirme bien durante un instante. 

Ha sido un tiempo que nos ha brindado a todos la oportunidad de reflexionar. De parar ante nuestro armario. Ante el espejo. Ante nuestra casa. Ante nosotros mismos. De repensar muchas cosas. 

Nuestros hijos son nuestros espectadores fieles. Para lo bueno y para lo malo. Si ven que gastamos sin cabeza y en exceso, no les estaremos haciendo bien. Si por el contrario, ven cómo gestionamos los recursos con creatividad e ingenio, estamos ya educando personas con resortes para enfrentarse a realidades inesperadas. La vida nos sorprende una y otra vez y tenemos que estar preparados. 

Ser ejemplo

No se trata de darles sermones ni parrafadas de que hay niños que pasan hambre a nuestro alrededor. Se trata de que vean en ti y en mí a una persona que usa sus cosas con cabeza y para servir a los demás. Cada persona tiene una vida y circunstancias distintas. Y cada persona sabe cuándo ha sido consecuente con sus gastos y con el uso de sus cosas. No hay una regla para todos. Solo la mesura del sentido común.  Pero no sólo por lo que gastamos, sino por cómo usamos nuestros bienes y por cómo reaccionamos ante distintas situaciones. Con nuestras palabras, nuestros gestos. 

Ellos no sabrán lo que es la templanza. Pero la verán hecha vida en sus padres. Y nos querrán imitar. No se trata de vivir como cartujos. Se trata de vivir con lo necesario para vivir, para estar bien con uno mismo y para servir a los demás. 

La sobriedad de un cumpleaños, de unas golosinas, de una comida en casa.  De una fiesta, de un evento familiar. No se trata de carecer de recursos materiales, sino de saber cómo utilizarlos y en qué momento toca cada cosa. 

Así nuestros hijos, en estos tiempos de máxima responsabilidad individual, cuando vean que sus amigos han quedado en un macro botellón o en una discoteca al lado de la playa, o en una maxi quedada sabrán saborear ese punto de mesura, de equilibrio, de sobriedad, que te dice que no es el momento. Ese equilibro de personas maduras que saben comportarse, según lo que toca en cada momento y situación. Porque primero lo han vivido en casa. 

Y serán, con poco, muy felices. 

Bienvenida, nueva sobriedad. 

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